Caminando bajo la lluvia

La lluvia no da respiro. Para muchos, tiene cierto romanticismo, o es tiempo de tortas fritas, o suspender el ritmo diario y quedarse, calentitos, a mirar la tele. Para el campo siempre es buena: “la esperábamos”, dicen, “tiene que llover antes de la helada para que nazca el pasto, sobre todo, por donde paso el fuego”. Para muchos la lluvia tiene cosas lindas.

Lo encontré en un camino de las chacras de Conesa. Caminaba bajo la lluvia con una bolsa de arpillera en la mano. Sus perros lo acompañaban. No me hizo ninguna seña, está acostumbrado a que la gente pase sin verlo. Yo lo conozco. “Voy a mojar el auto”, me dice y sube.

-“Vengo de lo pubi (un almacén de la colonia), voy rumbeando pa´l rancho”.

-“ Lo acerco, paso por el frente”. Mandinga y Caruso nos siguen al trote. Nunca le pregunte porque un perro puede llamarse Caruso.

No queda cerca. Caminando tendría otra media hora bajo la lluvia.

“Me tomó de sorpresa tanta agua”,  me cuenta, y sigue: “ya me quedé sin leña seca, así que tengo que aprovechar la luz para cortar un poco y ponerla a secar. Justo me quedé sin comida, así que salí de compras, además tengo que cocinar para los muchachos”.  Agustín vive solo, los muchachos son los dos cachorros que lo acompañan. “Y Moria”, le pregunto. Moria es una perra que por años acompaño al hombre que ahora charla conmigo. “Me la mataron”, me dice, “la envenenaron, el año pasado”. Nos quedamos en silencio un rato largo.

Yo escucho Argentino Luna en el auto. Esta cantando “pavadas”. Le subo un poco el volumen, porque sé que esa canción le gusta. Reflexiona sobre lo cara que se está poniendo la vida, es el tema obligado. “Por suerte la presidenta me dio la jubilación, imagínate si hubiera tenido que estar trabajando a los 73 años” me dice. “No me la regalaron, yo trabaje toda la vida”, agrega. Lo sé. Y sé también que le molesta mucho que digan que se jubiló sin aportar, por eso lo aclara.

 Me cuenta de gente que los dos conocemos y que la está pasando mal. Vendiendo cosas queridas, buscando trabajo, ajustando gastos que no se pueden ajustar. Llegamos. Para levantarle el ánimo, bromeo con él: “hay que aguantar, vamos a volver”. Se ríe y me estrecha la mano. Me quedo un ratito a mirar como cruza el alambrado y toma un caminito que lo lleva al rancho que se divisa entre unos olivillos. Caruso y Mandinga lo siguen. La lluvia no se detiene.

El hogar de Agustín es chiquito, tiene paredes de cantonera, forrado internamente con algunos cartones, techo de chapas muy usadas. El fogón es la mitad de un tambor grande, con una chimenea improvisada para que el humo salga al exterior. El piso de tierra apisonada. Tiene una pequeña radio que lo conecta a lo que pasa en el mundo. Alguna vez tuvo esposa, y un hijo. Pero de eso no le gusta hablar. Yo sé que la esposa murió de alguna enfermedad hace bastantes años.

Agustín ya no puede trabajar aunque quisiera. Lo veo caminar despacito bajo la lluvia, y pienso en los muchos que vi trabajar hasta el ultimo día de sus vidas, hasta hace no mucho tiempo, porque como Agustín no tenían nada. Dejo al hombre y sus perros yendo hacia el rancho, mojados, y me voy deseando que no sea demasiado frío el invierno… y que no llueva. No importa el romanticismo, ni las tortas fritas. Ya no quiero que llueva.

(Visited 546 times, 1 visits today)